Arturo Valencia: commentatore y flaneur
Libro primero. Siempre he sostenido que la poesía es necesaria porque posee una exactitud inespecífica que habla de una forma sensible de ser en el mundo. Su necesidad radica también en que dice algo acerca de lo que hay en el mundo, pero también dice algo de lo que no hay en el mundo. Aquí la palabra algo es fundamental. Decir algo del mundo es percibir con el cuerpo, decir algo es reconocer ese instante que se da entre lo humano y lo inhumano del poeta; decir algo acerca del mundo es mirar de un lugar hacia otro. Por tanto, estamos hablando de decir lo que hay y lo que no hay, de lo humano e inhumano, es caminar hacia alguna parte, es un pasaje y es umbral. La poesía siempre es deseo y de allí su necesidad al momento de nombrar cosas imposibles diciendo cosas reales. La poesía nombra y significa tanto la ausencia como la presencia de algo que sucede. De allí su necesidad: decir lo que no ha sido dicho. La necesidad de la poesía radica en su potencia para nombrar el sinsentido del mundo y del poeta. El poder de la poesía es hablar de lo inquietante y del tiempo y de allí su cualidad de revelar ambigua y simbólicamente tanto instantes como flujos y pulsiones. Por todo esto, el poeta debe contemplar antes de decir, debe nombrar significando y abrirse a la metaforización. Es así como el poeta es un errante que abre la escala de lo real y escucha pulsiones, explora intensidades, sustancias, magnitudes, tiempos y deseos. Cuando el poeta se encuentra con la palabra, ésta se le revela como presencia y como ausencia, como un ciclo de destrucciones y construcciones, como ritual indestructible y circular, como deseo de contemplación, como necesidad de ser mundo.
Uno de los méritos de La ciudad que ignoro de Arturo Valencia Ramos es que asume desde el principio que el poema es un arte cuyo sino es un estado que se encuentra entre el orden y el caos. Si bien es cierto que, en tanto campo dinámico de conocimiento, la poesía presenta características que tienen que ver con puntos fijos, con ciclos límite y situaciones extremas caóticas, también es posible pensar en estados intermedios donde, al abandonar territorios ordenados y entrar a la región del caos aparente de la creación literaria, se obtienen conocimientos no necesariamente tradicionales o comprensibles en un primer momento. Por ello el libro de Valencia es coherente toda vez que, no obstante su diversidad de temas, en su conjunto construye un sentido y ese sentido es un sentimiento de mundo cimentado en lo elementalmente humano.
A mi juicio, en el libro de Arturo el sentido está dado porque recupera una perspectiva que me recuerda a los commentatores medievales (aunque aquí aplicado al poeta) ya que muestra cómo, en cada uno de los poemas, el poeta interviene para hacer inteligibles sus experiencias elementalmente humanas, así también los entornos urbanos como la ciudad, los atardeceres, las nostalgias después del amor, la casa solitaria y los recuerdos que como marismas le invaden y le pertenecen. Aquí es el momento justo donde aparece el oficio de Arturo (aunque prefiero llamarle “oficio artúrico”) no sólo para proponernos una ciudad interna habitada por muchos sino también para decirnos de su esfuerzo por examinar el mundo desde las distintas profundidades que cada uno de los poemas ofrece con la fuerza poética suficiente para distinguir, separar, elegir el “tono” y resolución, como cuando dice: “conocí el olvido y me perdí/ en un laberinto sin memoria”. De este modo, el lector encontrará una gama diversa de “tonos” que van desde lo doméstico hasta lo amoroso; desde lo inquietante hasta lo distante de calles desterradas o también lo cercano como la mujer propia, los barcos de papel y las playas invernales de una ciudad que por íntima se ignora.
Libro segundo. La autenticidad de la voz artúrica radica en su limpidez y linealidad. Más allá de cualquier exceso retórico, con la mirada escrutadora y serena la voz es auténtica en la medida que, más allá de toda consideración de originalidad, es capaz de expresar la ciudad interior como principio rector del libro. Respecto a esta autenticidad, vale la pena recordar a Friedrich: “Sigue la voz interior y acepta lo que te dice, y deja para los otros (los lectores) lo que a ellos les parezca”. De esta manera, la tarea del poeta es hacer visible, mediante el verso sosegado, las búsquedas que le son imprescindibles. Para ser más claro: la única forma de hablar de las experiencias que una persona vive es a través de la sinceridad, confiando siempre en el lenguaje. El estilo del lenguaje es franco y próximo dándole así a la autenticidad un valor literario.
Tal vez el propósito sea transitar de la dictadura del ingenio y la originalidad a la estética de la autenticidad y sinceridad espontánea donde no se busca “expresar” la irreflexiva voz del alma (en su sentido romántico) sino mostrar, mediante el temperamento individual, una visión del mundo. Desde este enfoque, la sinceridad o autenticidad, el temperamento o personalidad y la multiplicidad de tonos versiculares son capaces de establecer una correlación entre autenticidad y expresión de la interioridad del autor, confiriéndole así su naturaleza subjetiva. Debido a este estilo y forma, el poema se salva de todo exceso de efusión sentimental y deviene en diálogos internos que remiten a la sinceridad como asunto psicológico. Mostrar la subjetividad a través de la sinceridad es otro mérito de La ciudad que ignoro, ya que se objetiva una forma que respeta el impulso inicial para disponerse a ser simple, directo y no engatusar al lector. Objetivar mediante la forma es el recurso. Formalizar la autenticidad es el valor literario. Este es un elemento fundamental. Auden, en la mano del teñidor, decía que un lector siempre se sentirá atraído por el tono y por la preservación de la integridad. Hacer coincidir al autor y al lector, y ello no es otra cosa más que la “actitud artúrica” de ajustar la voz del poeta a la realidad de su experiencia para tener el tono justo.
Desde mi primera lectura del libro de Arturo Valencia sigo con la idea de que me habla de muchas ciudades, tanto interiores como exteriores. Al partir de la experiencia de lo cotidiano se configura otro mérito: las ciudades de afuera (las exterioridades, diría algún teórico). Esta percepción hace pensar en el poeta Arturo Valencia como una creador flâneur (figura que ya he usado antes) que, sin aura alguna, se deleita paseando por situaciones, por entornos y por instantes alejados de las multitudes, pero que, paradójicamente, lo acercan a las mismas. Con voz poética directa incita a que lo acompañemos en su paseo, ya sea para hablarnos de sus seres taciturnos, la verdadera medida del tiempo (el instante), las pálidas luces de sus navegaciones, los cruces de miradas y hasta de precarios amores impronunciables. Todos sus poemas comparten no sólo la cotidianidad y la ciudad sino también el instante en que el poeta los nombra y se ocupa de ellos, inclusive en el silencio como entorno. Así no hay verdades absolutas, sólo un flâneur con una voz íntima y cercana.
Libro tercero. Algo que también recordé con la lectura de La ciudad que ignoro fue, sin duda alguna, el modelo planteado por Harold Bloom en “La angustia de las influencias” cuando refiere a que las influencias que el poeta vive provienen tanto de poetas fuertes como poetas débiles. En otras palabras, refiere a los modos en que el poeta se “aparta” o se “acerca” a otro poeta. Esta angustia de las influencias se debe, según Bloom, a la “solipsista pasión de búsqueda” que los poetas tienen. Visto así y siguiendo el modelo de Bloom, cuando leo La ciudad que ignoro, las influencias que Arturo Valencia explora son, a mi juicio, una Ascesis. Bloom, diría: La Ascesis es un movimiento de autoexorcismo que tiene como meta lograr la soledad, y no es un revisionismo estéril de Valencia Ramos hacia la poesía de Ezra Pound, Whitmann o Pessoa. Por el contrario, el poeta renuncia a sus dotes humanas con el objeto de separarse de los demás, incluso de sus poetas precursores. Por ello, hace de los poemas que componen este libro un movimiento de ascesis: por una parte es elevación y aprendizaje y por otra es olvido y reducción del poeta que lo influye. Quiere destruir para existir, sea como derrumbe o tradición. No es una síntesis sino devoración contínua renovadora. Que se me entienda bien: me estoy refiriendo a las presencias electivas que Arturo Valencia reconoce en él mismo, como compañeros de viaje, como maestros, como rivales dialécticos, a esas voces que resuenan en el trasfondo de las ciudades que ignora: Pessoa y Perse y Pound. Es el monólogo interior, el discurso incesante que se mantiene consigo mismo y con los otros.
Después de leer estos versos artúricos me quedan un par de reflexiones. La primera de estas reflexiones ya la he planteado antes y tiene que ver con la noción de modernidad y la emergencia de una poesía surgida bajo la idea de un lenguaje en crisis. Ya desde Corriente Alterna (1967), Octavio Paz (1914-1998) separa el verso moderno del clásico, en donde la característica fundamental del primero es la “conciencia poética” ya desarrollada por los Románticos y que, con Rimbaud y Mallarmé, aparece como el principio de una poesía que es inseparable del lenguaje crítico. Después de comparar a Rimbaud, Góngora y Mallarmé, ve en este último la figura clave para el desarrollo de la poesía moderna. Ello en razón de que, más allá de la función mimética, el poema moderno no refiere solamente a lo representacional del poema, sino a su referencialidad lingüística (una palabra refiere a otra palabra) toda vez que el poeta es consciente de la arbitrariedad sígnica respecto al mundo, por lo que el poema es un texto más introspectivo que no refiere a nada fuera de sí mismo. El significado, entonces, no reside fuera del poema, sino en lo que las palabras dicen de otras palabras.
Visto de esta manera, entonces, hay un rasgo estilístico en Arturo Valencia que no quiero dejar de mencionar. Este rasgo es que el poema se constituye no sólo como exploratorio sino también explosivo texto indeterminado por su propio lenguaje: el concepto de palabra como signo puro que es no siendo. En otras palabras, se destruye para construir e igual ocurre con el acendrado lirismo prevaleciente.
Otro rasgo es, sin duda alguna, que los poemas contenidos en su libro se distinguen porque crean una tensión cuyo efecto inmediato es una ironía implícita, ya que el texto existe a pesar de sus contradicciones internas: el inconsciente como discurso de un sujeto descentrado y múltiple. En clara oposición a la visión de una época ávida de totalidad y unidad (como el Romanticismo y el Modernismo), este rasgo de lo fragmentario como estructura que, paradójicamente, plantea una totalidad, ya que significa el uso intensivo de la no ambigüedad y la diafanidad del verso como recursos formales y como una manera de evitar lo definitivo de una percepción única y total del sujeto como algo simple y unificado.
Por ello, los poetas deliran (delirar es salirse del yo), toda vez que el delirio está asociado a la perturbación del “yo”, que se presenta fragmentado respecto de su estancia en el mundo. Ya desde la noción de fragmentariedad se alude a la desintegración y a la dispersión. El itinerario del “yo” apunta a una resolución negativa toda vez que cuestiona a una totalidad y, al mismo tiempo, forma parte de ese todo. Lo fragmentario privilegia la radicalidad del movimiento del pensamiento sobre el punto de vista fijo, promoviendo una mutación cualitativa del lenguaje mediante la transgresión del ser que ambiciona ser en el mundo. Y por ello solamente dice en sus versos finales: “Rómpeme la máscara, tócame, gózame”. Si me pidieran definir su libro, sólo diría: Un influido poeta delirante explorando una fragmentada totalidad devorante y ascética en muchas ciudades ignoradas.
Miguel Manríquez Durán