La ciudad que ignoro: un espacio para la nostalgia
Buenas tardes:
Después de leer el libro La ciudad que ignoro, de Arturo Valencia Ramos, me he percatado que nuestra, no sólo del autor, ignorancia inicia en la propia definición de ciudad, como espacio que nos deja ser para que dejemos ser a los demás.
Por ello, me he permitido dividir esta intervención, al fin que la información está siempre a la mano, no así la poesía, en dos pequeñas partes: definiciones y reflexiones, que finalmente tocarán lo mismo, la ciudad y los ciudadanos.
Hay ciudades ideales y ciudades irreales, ciudades redondas y ciudades espirales, ciudades submarinas y ciudades flotantes, y ciudades que creemos conocer como nuestra propia historia y ciudades que ignoramos no porque se escondan de nuestra vista, sino porque cada día cambian en el croquis de la memoria y de la fantasía.
Y en ese imaginario, no son suficientes todas las definiciones para tener una visión total de ciudad como espacio que vivimos y que nos deja vivirlo.
Para abordar el tema, en primer lugar habría que definir lo que es una ciudad. Esa es nuestra primera dificultad. Pero hay que tener presente que las definiciones responden a conceptos diferentes o a ciudades que constitutivamente lo son a veces sin serlo.
Así, resultan diferentes la polis griega y la ciudad medieval; también lo son una villa cristiana, una medina musulmana y una ciudad templo como Pekín, y ni qué decir de la monumental Roma comparada con la Nueva York actual, origen y destino de la ficción monopolizadora y globalizada de todos los adjetivos.
Para Alfonso X, el Sabio, la ciudad del siglo XIII es todo aquel lugar que es cerrado de los muros con los arrabales et los edificios que se tiene con ellos. Notaremos que la definición, obedeciendo al tiempo y las circunstancias, habla de muros que la protegen de los peligros y la amenaza exterior.
En el siglo XVIII, Richard Cantillon expresa que Si un príncipe o un señor fija su residencia en un lugar grato, y si otros señores acuden allá y se establecen para verse y tratarse en agradable sociedad, este lugar se convertirá en una ciudad. Esta definición se ajusta al concepto de ciudad barroca, de carácter señorial, eminentemente consumidora, donde reinan la riqueza y el lujo.
Ortega y Gasset, ya más cercano a nuestro tiempo, dice que la ciudad es un ensayo de secesión que hace el hombre para vivir fuera y frente al cosmos, tomando de él porciones selectas y acotadas. Su definición se basa en la diferencia entre naturaleza y ciudad, considerando a ésta como una creación del hombre, abstracta y artificial.
Se ha dicho que para Aristóteles la ciudad es un cierto número de ciudadanos; para Lewis Mundford la ciudad es la forma y el símbolo de una relación social integrada, y León Battista Alberti expresa que la grandeza de la arquitectura está unida a la de la ciudad, y la solidez de las instituciones se puede medir por la solidez de los muros que la cobijan, tratando de fundir en un todo ciudad-arquitectura-leyes.
Y acaso por encima de ellos, Walt Whitman, poeta al fin, dijo de la manera más simple que la ciudad es la más importante obra del hombre: lo reúne todo… y nada que se relacione con el hombre le es ajeno o indiferente.
Incluso, Joaquín Sabina nos da una lección de misterios urbanos en su canción Corazón de Neón: La ciudad donde vivo es un monstruo de siete cabezas, es un pájaro herido envuelto en papel celofán…
Cuando Aristóteles dice que una ciudad es un cierto número de ciudadanos… debemos considerar a qué hay que llamar ciudad y a quién ciudadano...
Quizá habremos de llamar ciudadano a quien tiene la facultad de intervenir en las funciones deliberativa y judicial de la misma, y ciudad, en general, al número total de estos ciudadanos que basta para la suficiencia de la vida.
Sin embargo, la ciudad actual está perdiendo su contenido y su significación profunda de la vida, su sentido, su encanto.
La ciudad contemporánea se ha convertido en un elemento desestabilizador, tanto en el plano social como en el plano ambiental, a causa de patrones de vida y de comportamiento basados en la demanda de grandes cantidades de recursos y energías, y en la generación de grandes cantidades de desechos y emisiones que atentan contra su propia existencia.
Porque, igualmente, la ciudad es un organismo vivo, es algo más que una estructura de piedras y edificaciones: es un inmenso procesador de alimentos, combustibles y materias primas.
Hoy, la ciudad no es un tejido urbano continuo, sino un inmenso territorio sin forma resultado de una extensa red de centros menores, una gran urbe comunicada con las grandes metrópolis del mundo pero incomunicada hacia adentro, hacia su interior… se ha convertido en un lugar de desencuentros y de símbolo del desprecio a las tradiciones culturales, y de la destrucción de una identidad propia.
Uno llega a familiarizarse más con los sonidos, olores y atajos de la ciudad que con sus propios habitantes. Es un enorme espacio fragmentado que ha perdido su centro, su espíritu, donde —como dice Hermann Hesse en La Niebla— Ningún hombre conoce al otro, cada uno está solo… un lugar hecho para estar de paso, para no detenerse, para andar de prisa; un lugar en el que no hay sentido de goce.
La ciudad es hoy muchos espacios desolados donde los ciudadanos habitamos lo inhabitable, inventamos lugares de encuentros y desencuentros tratando de darle sentido a lo que generalmente ignoramos.
Vamos y venimos por las calles. Armamos y desarmamos la ciudad. Amamos y desamamos los misterios que saltan ante nuestra vista, sombras amarillas que nos abrazan en silencio, tragedias vestidas de papel, señales de la realidad que ignoramos como las líneas de la vida de nuestras propias manos…
La ciudad que ignora Arturo Valencia, y que finalmente ignoramos todos, es también así: la mañana de un viernes cualquiera salimos al trabajo, esperanzados en un humanizante fin de semana, pero al filo de las cuatro de la tarde nos informan que 30 niños han muerto calcinados, que muchos más permanecen al borde de la muerte, en medio del caos y de la ineficiencia de muchos que todavía sonríen desde la altura de sus nombres y de sus puestos, en una impunidad lacerante e inexplicable, mientras nosotros no sabemos los porqués: ignoramos esa parte de la ciudad que nos ocultan con membretes y fanfarrias.
Y el mundo en esta ciudad esquiva cambia diametralmente porque —parafraseando a Joan Miró— cuanto más local es una tragedia, más universal resulta…
Sí, la ciudad que ignoramos es así… y por desgracia la literatura no tiene respuestas a todo esto… pero a cambio existe eso que los expertos nos han dicho siempre sobre la escritura: la polivalencia, que nos permite descifrar las cosas y visualizar las causas, recomponer latitudes y trazar significados múltiples.
Y es ahí donde los mapas poéticos que aparecen en La ciudad que ignoro, de Arturo Valencia, se hacen presentes para ayudarnos a reinterpretar la realidad, se nos abren con esa sencillez elemental que se requiere para que los lectores entendamos las instrucciones:
Amo tu ciudad que ignoro
esa que ya no conocí
sus historias tristes
de nocturnos inconclusos
y sus transeúntes
con muchas ganas de vivir
Amo lo que me contaste y nada más
si acaso lo que llegué a imaginar
cuando lloraste despacio entre palabras
Amo aquello que ocultaste a pesar tuyo
lo que no dijiste
pero que yo vine a saber
en los murmullos de la calle
(Amo tu ciudad que ignoro. Página 33)
Arturo Valencia nos ha mostrado en toda su obra anterior, y nos muestra ahora en La ciudad que ignoro, que no hay necesidad de recurrir a los códigos cerrados, crípticos, unipersonales, para llevarnos de la mano por las calles de una ciudad sin nombre y sin edad, una que habita en todos nosotros con la limpia sencillez de las palabras más simples, que nos permiten construir ladrillo a ladrillo el rostro amarillo de una nostalgia vestida de otoño:
¿Dónde están las calles olvidadas?
¿A dónde voy a parar sin ellas?
¿Qué fue de las callecitas oscuras y perdidas?
Se las llevó la madrugada
y mi prisa…
(¿Dónde están las calles olvidadas? Página 81)
Este libro es una fotografía en sepia de los viejos rasgos de la ciudad que nos ha visto nacer, que inevitablemente habita en la memoria con sus naranjos y sus azahares, y es también el recordatorio de todo aquello que ya no existe: el ulular de la cervecería, la sirena de las ocho de la mañana, las campanas de la Catedral… los viejos sonidos que quedaron atrapados en la telaraña del silencio memorioso de una ciudad rodeada por el bullicio rojizo de la paranoia:
La ciudad teje sonidos de campana
en los minúsculos recuerdos
rieles eternos recorren los instantes
la calma soleada de las tardes de verano
El silbar de la locomotora
es sólo viento complaciente
en la urdimbre de silencios prolongados…
(La ciudad teje sonidos de campana. Página 106)
Con todo lo anterior he querido decir que si bien La ciudad que ignoro es un libro escrito por Arturo Valencia, es también el croquis del misterio que habitamos todos, porque no sería una sorpresa que cualquier lector que se acerque a sus líneas encuentre su rostro y su historia plasmada entre los poemas, que al fin de cuentas tú y yo, como habitantes de una ciudad que a veces ignoramos, también formamos parte de las columnas del Debe y el Haber de la imaginación de otros, acaso de esos poetas que, como Arturo, hacen sin querer el recuento de los días con la suma de todos, porque, como dice el autor:
También a ti y a mí nos deben días
aquellos que nos robaron
los que no les dimos
los que nos hipotecaron
Nos deben los días desesperados
de la adolescencia…
(También a ti y a mí nos deben días. Página 110)
Hoy pueden pasar muchas cosas —dice Arturo—: la mínima sería abrazarte…
No sé a quién le ha dicho lo anterior, pero ésas son dos líneas que bien pueden servir como saludo cotidiano para empezar a tratar de descifrar los misterios de la ciudad y de los ciudadanos que ignoramos, porque —no sé sí ya lo sepan— hay ciudades ideales y ciudades irreales, ciudades redondas y ciudades espirales, ciudades submarinas y ciudades flotantes, y ciudades que creemos conocer como nuestra propia historia y ciudades que ignoramos en toda su terrenalidad… y este libro, por fortuna, nos da pistas para interpretar el entorno con todos sus silencios y sus maravillas, con su cotidianidad y su magia, con sus tragedias y su esperanza permanente de justicia para bienvenir la felicidad…
Así sea, Arturo. Así sea…
Muchas gracias.
Armando Zamora